Hay un momento incómodo en desarrollo: cuando algo funciona, pero ya no confías en cómo funciona.

Eso nos pasó con una app. Funcionaba. Pero empezaron a aparecer problemas de versiones, dependencias y builds.

Arreglábamos una cosa y aparecía otra.

Una versión funcionaba en un dispositivo y en otro no. Un build salía bien y el siguiente no.

Y llegó un punto en el que la pregunta dejó de ser: «¿cómo corregimos este error?» y pasó a ser:

«¿qué tenemos realmente aquí y qué necesitamos conservar?»

Terminamos reconstruyendo el APK.

No porque quisiéramos empezar de cero. Todo lo contrario.

Queríamos conservar lo que sí funcionaba, entender qué estaba generando inestabilidad y dejar una base que pudiéramos volver a construir y probar sin cruzar los dedos cada vez.

Y ahí la IA ayudó muchísimo.

  • Para comparar configuraciones.
  • Revisar dependencias.
  • Encontrar diferencias entre versiones.
  • Probar hipótesis.
  • Reconstruir.
  • Volver a probar.

Pero hubo algo que la IA no podía decidir por nosotros: qué comportamiento era correcto para el producto.

Eso seguía dependiendo de entender qué debía hacer la aplicación, qué podíamos cambiar y qué no podíamos romper.

Y al final pasó algo que me encanta cuando ocurre: no solo arreglamos el problema. La nueva versión terminó funcionando mejor que la anterior.

  • Más estable.
  • Más fácil de probar.
  • Y, sobre todo, mucho más entendible para nosotros.
A veces un error técnico te obliga a conocer de verdad un producto que creías conocer.

Y creo que esa es una de las cosas más útiles de trabajar con IA en desarrollo: te acelera muchísimo llegar a una solución, pero también te obliga a ser mucho más clara sobre qué solución estás buscando.

Publicado también en LinkedIn.